Tarzán

Hoy escribo para dedicarle unas palabras a Tarzán, que nos dejó el pasado día 2 de diciembre de 2019

Tarzán era un gato de 16 años y, pese a estar perfectamente atendido y cuidado, la biología hace lo que tiene que hacer: ejecutar lo que está escrito en nuestro ADN pese a que la veterinaria se empeñe en hacer todo lo que esté a su alcance para eludir lo imposible.

En poco tiempo pasó de ser uno más de la familia a ejercer el papel de “padre de Seis” (otro felino con quien comparto casa y muchas otras cosas), dar cobijo en los malos momentos, disfrutar de los buenos y ser el centro de atención del inmenso mundo que rodea a una niña de dos años. La cual hacía todo lo que a esa corta edad consideraba que era la mejor opción para mimarlo.

En resumidas cuentas: un gato/niñera que jugaba y dormía cerca con el fin de estar informado en todo momento para que nada ocurriera sin él saberlo. 

Era un compañero de vida y un colega de todos los días. La amistad y la convivencia era diaria, cosa que normalmente no suele ocurrir ni con la familia más cercana. De forma que, Tarzán compartía con Seis y con todos nosotros (los tres humanos de la casa) su manera de ser y su ternura.

Tarzán era un gato naranja que emanaba cariño por todos los pelos de su cuerpo, paciente y por qué no también divertido ya que nunca perdió su buen humor pese a su avanzada edad y los concomitantes achaques viejunos que le acompañaban desde hacía ya tiempo.

La sensación de vacío es grande e imposible de hacer entender a todos aquellos quienes no están capacitados para comprender la estrecha relación que se llega a labrar entre animales y humanos. No obstante, siempre me quedará la inmensa satisfacción de haber coincidido con él en esta vida. Tarzán se ha ido, se ha marchado con ellos; no sé si en forma de sueño o de recuerdo, o simplemente ha dejado de estar y ya está. 

Mi padre me dijo en una ocasión que “Lo que uno ama en la infancia se queda en el corazón para siempre” Esta frase no era suya sino de Rousseau y me llamó la atención la certeza que alberga este corto enunciado y la gran carga emocional que hay en ella. Además me recuerda también a mi abuela que – cuando yo era una niña – me enseñó a cuidar y a querer a los animales. Acción que cogí como costumbre y que más tarde me llevó a dedicar mi vida profesional al cuidado de los animales y, cómo no, a convivir con ellos.

Gracias a ella en estos momentos sólo tengo recuerdos cargados de pureza, felicidad y de agradecimiento. No obstante, también me embisten oleadas de nostalgia pues ya no estáis para poder sentir el calmante hechizo de vuestra presencia. Por eso, amigo, ve con ellos e irás conmigo porque ellos están siempre a mi lado.

Gracias por sentir junto a nosotros. Gracias por ayudarnos a mantenernos cerca y por haber creado un universo cargado de anécdotas, de cariño y de una complicidad invisible a los ojos de los demás.

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